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¿Big data... qué nos ofrece?

La moda del big data

Ideonomia

20

Jul

2015

El término Big Data, fue acuñado por primera vez en la década de los 90 por el informático teórico John Mashey, en un artículo publicado bajo la denominación “Big Data y la próxima ola de infraestress” en él reflexionaba sobre la ingente cantidad de datos que ya entonces comenzábamos a producir y la posibilidad de colapsar los dispositivos que se encargaban de su uso.

Y de su definición establecemos la pretensión de analizar, clasificar, y compartir la enorme variedad de datos que producimos diariamente, como ejemplo:

  • Generamos 1.700 nuevos billones de bytes/minuto o lo que equivale a 6 MB por persona y día (la producción de toda una vida de una persona en el siglo XVI)
  • Realizamos 1 billón de consultas en Google/día.
  • Mandamos 250MM de tuis en Twitter y actualizamos 800 MM de veces el perfil de Facebook por día.
  • Subimos una media de 60H de video en Youtube/minuto.
  • Hacemos más de 10.000 transacciones bancarias por segundo…

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Cada vez que utilizamos nuestro Smartphone, pagamos con nuestra tarjeta de crédito, contestamos un correo, utilizamos el navegador… y un sin fin de rutinas diarias, vamos proporcionando una valiosísima información que nos define frente a los demás a través de nuestros propios y diferentes comportamientos.
Evidentemente esto tiene diversas lecturas y algunas tan complejas (como las que nos hablan de cierto determinismo a la hora de actuar si consentimos en creer que los datos por su propia naturaleza, son incapaces de mentir) que resulta imposible abordarlas desde la acotación de un pequeño post, por mi parte intentaré de puntillas y desde mi perspectiva, ofrecer una visión de lo que el Big Data nos ofrece como personas o como consumidores, expuestos y generadores a un volumen masivo de datos que como huella digital vamos conformando a cada paso que damos.

El uso masivo de estos datos, junto con la creación de dispositivos cada vez más potentes capaces de manejar esta ingente cantidad de información y además procesarla de forma instantánea, nos proporciona una herramienta con capacidad casi ilimitada para poder cambiar o manejar el entorno en el que vivimos, entrando de lleno en el terreno de la ética:

  • Seremos capaces de predecir, detectar o auxiliar, antes, durante y después de que se produzcan, catástrofes naturales a través de los millones de datos recogidos por los innumerables dispositivos diseminados en la naturaleza.
  • Estaremos en disposición de enfrentarnos en cualquier lugar y a casi cualquier problema (médico, social, tecnológico…) gracias a los diferentes dispositivos y su capacidad de generar y manipular esta data.
  • Podremos optimizar el uso de la energía, resolver los problemas del tráfico, adelantar o retrasar las cosechas… y todo gracias a la recogida, análisis y gestión de este cúmulo de datos.
  • Pero también contaremos con un sistema susceptible en manos perversas, de convertirse en un instrumento generador de terror.

Por otra parte y como resulta lógico, hacia este nuevo campo las empresas han acudido como al maná en busca de la información que les posibilite estar por delante de la competencia en la consideración de los consumidores. Pero… ¿Es real que los datos no mienten y son la llave que nos van a permitir conducir nuestra comunicación allá, a donde queramos llevarla?

Alrededor del Big Data, se han instalado nuevos gurús que proclaman las bondades de los datos a la vez que se crean nuevas profesiones capaces de aprovechar el boom del interés suscitado por las marcas para poder aprovecharse de su uso.
Dentro de estos últimos, una de las disciplinas creadas al uso es la “minería de los datos” compuesta por especialistas en bucear en la profundidad de los datos para encontrar patrones e interconexiones desde los que relacionar el comportamiento de las personas, o especialistas en software capaces de diseñar programas que realicen lo mismo pero en tiempo real y que conviertan la extracción de estos datos en oro o petróleo para las empresas.

De tal manera que el Big Data podrá hacer cada vez, recomendaciones más precisas conforme al rastro que vamos dejando a nuestro paso. La infinidad de dispositivos a los que estamos conectados van proporcionando tal variedad de datos sobre hábitos y comportamientos que permitirán a las marcas ofrecernos aquello que necesitamos o deseamos casi en el momento de hacerlo.

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Por otra parte y como es lógico, el Big Data también posee una cara B. Una parte en la que se acumulan las cosas que no gustan a los consumidores. De hecho hay una corriente que pone en cuestión esa Data, precisamente porque no son datos recogidos por dispositivos tecnológicos, sino por individuos susceptibles de ser influenciados o manipulados y con capacidad de mentir en el momento en que consideren necesario, lo que es conocido como “Dirty Data”, bases de datos corruptas porque los datos que han sido recogidos no son veraces. Un problema añadido a estas bases corruptas es la necesidad de tener una continua actualización de los datos, para que estos no resulten sencillamente “basura” en manos de las marcas. Al final las marcas se encuentran con un problema irresolubles para ellas: ¿Cómo separar el grano de la paja, a la hora de utilizar la inmensa cantidad de datos a los que tenemos acceso, pero de los cuales nos saben en realidad discernir su utilidad.